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Comisión de la Verdad

Mujeres afrocolombianas del Atrato se reunieron para tejer la verdad

Tutunendo es un corregimiento a 14 kilómetros de Quibdó. Allí, entre la biodiversidad de la selva pluvial central y a un costado del río, se encuentra esta población de mayoría afrocolombiana y en menor medida indígena.

FOTORRELATO | Diciembre 27 de 2019

Mujeres afrocolombianas del Atrato se reunieron para tejer la verdad

Actualmente, los fines de semanas sus calles se suelen inundar de familias quibdoseñas que buscan disfrutar de chapuzones en las aguas del río, de un delicioso almuerzo compuesto por arroz atollado o pescado frito y un guisado acompañado por una cerveza o un viche curado, y un agradable momento en familia.

 

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Pero, a pesar de este ambiente festivo, sus habitantes recuerdan cotidianamente la violencia. Su memoria no puede olvidar los múltiples crímenes a los que fue sometido este corregimiento por distintos grupos armados. Algunos de los actos que más se han guardado en la memoria colectiva, han sido las reiteradas ocasiones en las que las FARC arrojaron cilindros bomba a diferentes puntos del corregimiento, desde la espesa selva de las laderas del otro lado del rio.

 

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En este pueblo de casas humildes, cultura afrocolombiana e historia profanada por la violencia, casi tres años después de firmados los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, el 9 y 10 de noviembre de 2019, se dieron cita más de 30 mujeres afrocolombianas de diferentes lugares de esta zona del Chocó, para escucharse y reconstruir la historia de cómo el conflicto armado impactó sus vidas y sus cuerpos.

 

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Y es que, uno de los procesos que debe vivir un país para lograr el perdón y la reconciliación después de un conflicto armado es reconstruir la verdad de lo ocurrido durante el mismo. Por esto desde los acuerdos se pactó que para la construcción de la paz era necesario crear la Comisión de la Verdad, una entidad estatal pero independiente del gobierno, que se encargara de investigar lo ocurrido a lo largo del conflicto armado de una manera imparcial.

 

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Mujeres chocoanas que hacen parte de la Ruta Pacifica de las Mujeres, decidió convocar a diferentes mujeres afrocolombianas de la región, para hablar sobre la importancia de contar la verdad para la reconciliación del país y revelar cuales fueron las violencias que les infringieron específicamente por el hecho de ser mujeres afrocolombianas.

 

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Sentadas en círculo alrededor de un centro ritual adornado por flores, hierbas medicinales, semillas, frutos y lanas, las mujeres empezaron a tejer una red al pasarse unas a otra una lana roja. Cada vez que a alguna le llegaba la lana, manifestaba para ella qué era la verdad.

 

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“La verdad es conocer el rostro del que me causo daño”, “la verdad nos hará libres”, “una verdad bien dicha genera seguridad”, “la verdad para mí es esclarecer muchas cosas que por miedo las dejamos ocultas “tengo un montón de hechos victimizantes que no conté porque no sabía, y la verdad me sirve para contar todo lo que no conté”, “para mí la verdad es lo que uno ha vivido y se ha quedado en las tinieblas “la verdad es que queda esa historia plasmada pero que no quede una historia muerta, que las mujeres entendamos nuestro papel en ese proceso”.

 

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Poco a poco estas frases fueron tejiendo el relato de lo que para estas mujeres afrocolombianas es la verdad. Dejando la sensación colectiva de la necesidad que tienen de relatar sus historias cómo víctimas del conflicto para sanar sus cuerpos y sus almas. A través de sus propias palabras fueron identificando que la violencia las había impactado de una forma distinta por el hecho de ser mujeres, y que los papeles que han jugado y seguirán jugando en la construcción de paz también se ven marcados por su rol femenino.

 

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Pero, una vez entendida su necesidad de contar la verdad de lo que les ocurrió durante el conflicto, ¿cómo lograr comunicárselo a Colombia?, ¿cómo alzar su voz para que estos relatos no queden en el simple ejercicio de desahogo, sino que permitan crear una memoria colectiva de nación que garantice la no repetición?

 

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Yeicy Echarente, una joven mujer afrocolombiana, investigadora de la Casa de la Verdad de Quibdó, les contó que la Comisión de la Verdad es una entidad que no tiene como objetivo juzgar y castigar a los responsables de conflicto, sino crear un relato amplio y comprensivo de los hechos y contextos de la guerra, que permita a Colombia pensarse colectivamente la barbarie, entender la complejidad de conflicto y garantizar la no repetición de estos hechos.

 

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La comisionada Ángela que resistió al conflicto en carne propia, tras vivir en una finca bananera en Urabá durante diez años, asumiendo las luchas de las mujeres y el trabajo con excombatientes en Apartadó expresó: “Hay muchos relatos sobre el conflicto armado en el Chocó. A finales de los ochenta del Atrato y del Carmen del Atrato empezaron a vivir la violencia. Para nosotras que le hacemos el quite a la violencia y hemos construido expresiones de paz, es muy importante conocer esa línea del tiempo, saber qué pasó en mi territorio, qué actor armado había en mi territorio.

 

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Cuando en la Comisión hablamos del tema de racismo, discriminación racial y conflicto, decimos que tenemos que hacer ese análisis desde el mayor secuestro que ha tenido la humanidad, que fue cuando nos trajeron como esclavos de África a América. Un análisis para decir cómo ese hecho nos impactó y nos sigue atravesando. De esas otras verdades que no hemos hablado, que no han salido a flote es que vamos a hablar hoy, la verdad de lo que significa que el Chocó sea considerado una carga para el Estado, porque es que “allá están los negros”. En los territorios étnicos es donde más violencia sexual hay, porque nosotras la negras somos consideradas buenas para la cama, o para el servicio, para cocinar, lavar, planchar. A eso súmele que para cualquier hombre es duro que su mujer sea víctima de violencia sexual pero más duro para el hombre negro, y si quedamos embarazadas y el niño sale mulato… por eso no nos atrevemos a contar la verdad.

 

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También debemos preguntarnos qué significa nuestro territorio para nosotras, para nuestra familia, y para nuestra comunidad, pero también qué significa ese territorio para las grandes empresas del extractivismo, la minería extractivista, y eso también que daño ambiental nos hace. Entonces también tenemos que hacer ese análisis, qué impacto ha dejado el conflicto armado en nuestro territorio y lo que significa el territorio para nosotros los negros”.

 

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Estas palabras hicieron eco en los corazones de las mujeres víctimas, quienes se organizaron en grupos por regiones y empezaron a contarse unas a otras los dolores que la guerra había tallado en su memoria y en su cuerpo. Poco a poco fueron brotando relatos de horror. Desplazamiento forzado, asesinatos, masacres, acoso sexual, violencia sexual, tortura, embarazos forzados, tratos inhumanos y terror paramilitar, fueron algunas de las formas en las que la guerra se ensañó con estas tierras y con los cuerpos de estas mujeres.

 

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Cuidadosamente las mujeres fueron registrando cada hecho en carteleras, para luego en una línea del tiempo descubrir el mapa de cómo la historia las había hecho enfrentarse en esta región del Atrato con todos y cada uno de los grupos armados que sembraron el horror en Colombia desde décadas atrás.  El M-19, el EPL, los paramilitares, el Ejército, el ELN, las FARC, las AUC, desde 1981 hasta el 2016, fueron abusando y denigrando este territorio en donde la cultura afro e indígena habían encontrado un refugio del poder colonial que los desplazó hacia las periferias.

 

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Con este ejercicio el ambiente colectivo se tiñó de zozobra y tristeza, en los ojos de las mujeres se veía su alma compungida, y en su actuar nervioso y errático cómo el miedo había vuelto a recorrer sus cuerpos. Para soltar la congoja y el pánico, las mujeres de la Ruta Pacifica las invitaron a escribir en un papel aquello que querían dejar ir, quemarlo en una hoguera común en el centro ritual y luego arrojar las cenizas al río.

 

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El encuentro terminó con una actividad donde las mujeres tejieron sus esperanzas, y como cierre elevaron sus voces palpitantes  al son de alabaos. Estos cantos fúnebres se levantaron en el aire durante varios minutos, permitiendo a las mujeres honrar la memoria de sus muertos y de sus propios dolores. Y por último se cantó un arrullo. Las mujeres afrocolombianas con ese ánimo, alegría y valentía que las caracteriza, rápidamente retornaron al quehacer cotidiano y empezaron su regreso a casa.

 

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Ellas se fueron con el compromiso de trabajar con la Ruta de Pacifica de las Mujeres para seguir recogiendo sus relatos, y la Comisión quedó con la responsabilidad de seguir en contacto con ellas con el objetivo de trabajar de manera conjunta sobre las diferentes formas en las que podría participar de la entrega de información para que el informe final incluya la voz de las mujeres afrocolombianas de diferentes territorios de Colombia.

 

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