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Comisión de la Verdad

Recuerdo mi origen

Descargue, lea o escuche este libro que recoge siete testimonios de resistencia indígena en el marco del conflicto armado colombiano.

LIBRO | Diciembre 01 de 2021

Recuerdo mi origen

En el libro ‘Recuerdo mi origen’ siete escritores indígenas narran sobre sus experiencias de vida en el marco del conflicto armado colombiano. En esta publicación se reúnen los testimonios de siete pueblos indígenas: wayúu, yanakona, embera yabida, kamëntsá biyá, muisca y kichwa.

 

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Lea el prólogo de Sonia Londoño, directora de la Dirección de Pueblos Étnicos de la Comisión de la Verdad

 

La voz de los pueblos indígenas, una voz necesaria

Bogotá es una ciudad diversa. De ella forman parte los pueblos indígenas, afrocolombianos, palenqueros, raizales y rom, y es importante que (re)conozcamos sus aportes. Sin embargo, el racismo y la discriminación han invisibilizado la historia de estos pueblos. En la escuela aprendemos una historia colonial que glorifica a los conquistadores españoles, y que dice poco o nada sobre la cacica Gaitana, sobre Bochica y Bachué, sobre la existencia de pictogramas en Suacha —nombre original muisca—, que no han sido preservados debidamente, a pesar de su importancia.

Las narraciones de este hermoso libro tienen un valor profundo. Muestran las resistencias históricas de los pueblos indígenas, su fuerza, la profundidad de su palabra, cosas a las que ningún prólogo puede hacerles justicia. Plantean un llamado a pensarnos como sociedad, a escucharnos, a dialogar, a fortalecer la palabra, a tejer una sociedad distinta, a que Bacatá se reconozca diversa y lo ponga en práctica. 

Varios de los autores de este libro son autoridades y líderes de sus pueblos, son escritoras, escritores, oralitores y poetas. Por eso también el fortalecimiento del gobierno propio, el ejercicio de la autonomía y su resistencia son parte esencial de varios de estos relatos. Más que una recopilación de escritos, este libro es un encuentro con la memoria, la resistencia de los pueblos indígenas y la historia de Bogotá como ciudad multicultural y diversa. La esencia de su cosmovisión, cultura y resistencias se ve reflejada en estas narraciones.

Sobre la historia de Bacatá1 —Bogotá— sabemos poco. Por eso Iván Niviayo, del cabildo muisca de Suba, hace un llamado a conocer y recuperar la memoria de su pueblo y de Bacatá. Niviayo nos recuerda que el pueblo muisca habitó ancestralmente Bacatá, y que Suba, Bosa, Cota, Chía y Sesquilé son también territorios indígenas ancestrales. Según Niviayo, el pueblo muisca no llegó a la ciudad, la ciudad llegó a este pueblo y a su territorio, y lo fue devorando. Por eso rescata la pa labra y la memoria como medicina, y el diálogo, el encuentro y la escucha como condiciones necesarias para una transformación social.

Otro de los relatos nos permite acercarnos a los procesos de liderazgo de mujeres. Se trata del de María Violet Medina, del pueblo nasa, que ha aportado en la reivindicación de los derechos de las víctimas indígenas a través de la creación de la Mesa Autónoma de Participación de Víctimas de los Pueblos Indígenas en Bogotá. María Violet comparte su propia experiencia, su llegada a la ciudad como víctima de desplazamiento forzado, y a partir de allí reflexiona sobre cómo Bogotá recibe a las familias y personas indígenas, y sobre cómo la ciudad ha visto a los indígenas como quienes llegan a mendigar. Pero también muestra cómo los pueblos indígenas siguen resistiendo y haciendo llamados para resignificar y reconstruir la historia; no solo su historia, sino la historia de nuestra nación y nuestra ciudad. Además de los cabildos urbanos, en el marco de los procesos organizativos de los pueblos indígenas, la creación de la Mesa Autónoma de Víctimas es de vital importancia para los pueblos indígenas en Bogotá y otros territorios del país.

El relato de Fredy Chikangana, poeta y oralitor del pueblo yanakuna, es sin duda un reencuentro con lo sagrado, con la ancestralidad de su pueblo. Evoca el tejido, las memorias del territorio, y explica cómo el conflicto implica una interrupción, y genera desequilibrios y enfermedades, pero también cómo, a pesar de él, el vínculo con el territorio persiste. Los espíritus acompañan las luchas de su pueblo: “En el campo o en la ciudad hay que seguir curándose y ayudando a curar los males de la humanidad”. Fredy rememora el buen vivir, el fortalecimiento del gobierno propio, la medicina ancestral, que ha sido fundamental para la pervivencia de pueblos indígenas que han llegado a las ciudades. En Bogotá muchos de los pueblos indígenas mantienen su medicina ancestral y han exigido garantías para que sus autoridades espirituales, médicos y médicas tradicionales, puedan continuar ejerciendo su rol en el contexto urbano con dignidad y, al mismo tiempo, con acceso al sistema de salud distrital. Ese texto también invita a reconocer el aporte de los pueblos indígenas a la humanidad en cuanto a su relación con la naturaleza, con el territorio, cosa que ha permitido la preservación de grandes extensiones de bosques. Sin los pueblos indígenas, el equilibrio con la naturaleza no sería posible y la devastación sería de proporciones incluso mayores a las que co-nocemos.

Nelson Tuntaquiva Quinche, del pueblo otavalo-kichwa, habla, desde su experiencia, de la resistencia del pueblo kichwa en Bogotá. Relata cómo llegó su familia a la ciudad, cómo se instaló y cómo su padre creó una empresa que ha dado empleo a muchos bogotanos. El pueblo kichwa ha mantenido cultura, es un pueblo en resistencia, y un reflejo de ello es su proceso político organizativo que le permitió constituirse como cabildo. Sin embargo, Tuntaquiva Quinche también da cuenta del racismo, pues debido a ello sus padres le cortaron el cabello cuando era niño, a pesar de que en su pueblo es usual que los hombres lleven el cabello largo. Luego narra cómo el conflicto en distintos lugares del país le impidió continuar con sus actividades de comercio y sustento familiar. Su proceso como líder indígena, músico, y gestor, partiendo siempre de las tradiciones de su pueblo, muestra los distintos aportes que ha hecho el pueblo kichwa a la ciudad.

Desde el extremo norte del país, el relato metafórico del wayúu Vito Apüshana habla sobre el abandono e irrespeto del Estado al territorio guajiro; un Estado que irrumpe sin piedad dejando promesas que se desvanecen y alejan la calma. La Guajira, una región invisible para muchos, está en realidad llena de riquezas, pero ha sido a la vez olvidada y saqueada por el Estado.

Hugo Jamioy, del pueblo camëntšá, al sur del país, habla desde su experiencia como estudiante universitario en Bogotá. Junto con compañeros de diversas culturas del país, trajo consigo a la capital su música, sus cantos, sus danzas y sus sueños. Jamioy nos cuenta que la voz de las culturas ha sido silenciada a lo largo de los años. Por eso sus conocimientos, costumbres, ideologías y tradiciones quedan en la memoria de pocos. Mediante el arte, en este caso la poesía, nos invita a conocer el espíritu luchador y vital de los pueblos indígenas de Colombia.

Desde la Comisión de la Verdad esperamos que estos mensajes nos conmuevan, nos lleven a hacer-nos preguntas, nos cuestionen sobre la relación de la sociedad, el Estado y de cada uno de nosotros, individualmente, con los pueblos indígenas. Esperamos que nos interpelen sobre las transformaciones necesarias, que nos ayuden a transitar el camino para desaprender lo que nos han mostrado el Estado, la escuela y la Iglesia, como lo menciona Nataly Domicó en uno de sus cinco poemas. También soñamos con que este libro permita a los pueblos indígenas recuperar su verdad, y nos permita como sociedad recuperarla. Los poemas de Nataly evocan la espiritualidad del pueblo emberá, hablan de cómo el conflicto ha impactado a su pueblo, su comunidad, y sugieren una reflexión sobre la necesidad de reconstruir la verdad, de apropiarse de ella y construirla desde la voz de los pueblos indígenas.

El llamado que hacen estos textos es entonces a recuperar la memoria y la verdad, que, sin las voces de los pueblos indígenas, del pueblo negro, afrocolombiano, raizal, palenquero y rom, sin las voces de las mujeres, de las y los campesinos, no será verdad completa.

El llamado desde la Comisión de la Verdad es a que la voz de los pueblos indígenas, la palabra de quienes han escrito estos textos, nos transforme y nos permita vernos al espejo con la imagen de la diversidad de nuestra nación, haciéndoles justicia a las mujeres y hombres indígenas y a sus luchas históricas.

Por último, gracias a la Alcaldía de Bogotá por su compromiso indeclinable en apoyar la implementación del Acuerdo de Paz firmado en el Teatro Colón, a raíz del cual la Comisión de la Verdad ha podido cumplir un papel fundamental en nuestra sociedad. Gracias también por su apoyo permanente a la Comisión de la Verdad y mil gracias a Idartes por hacer posible este libro y, así, el reconocimiento de estos pueblos y sus valiosas resistencias.

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